Esta instalación para luz y coro se despliega en el batiente de la Sala de máquinas en la ex fábrica de San Pedro, un espacio cuya historia está atravesada por la fuerza del río, El Cupatitzio*, que alguna vez activó su maquinaria. Antes de ser arquitectura, este lugar fue energía en tránsito: agua en caída convertida en movimiento, en ritmo, en trabajo y en energía eléctrica para la comunidad de Uruapan. 
La obra retoma esa memoria física y la traduce en un campo sensorial donde la luz y la voz funcionan como vectores de una fuerza invisible. Un coro interpreta una partitura compuesta a partir de fragmentos de diversas fuentes —el mito de la Rodilla del Diablo en Uruapan, el poema Der Ister de Friedrich Hölderlin en su lectura por Martin Heidegger, y el Cantar de los Cantares— que poetizan la transformación de la energía a través de distintas magnitudes: hidráulicas, técnicas, sonoras y lumínicas. 
En el trasfondo de estas magnitudes emerge una misma idea: la creación como resultado de un encuentro entre fuerzas opuestas. En el mito, el roce entre lo pagano y lo sacro no se resuelve en antagonismo, sino en generación: del contacto entre el fraile y el diablo brota el agua, como una energía que no distingue entre el bien y el mal, sino que las une en un mismo flujo. Esta dimensión erótica, entendida como fuerza de unión y transformación, atraviesa la obra como principio activo. 
La composición musical, realizada en colaboración con el compositor mexicano Juan Sebastián Lach, es interpretada por el Coro del Conservatorio de las Rosas de Morelia. La voz fluye de diferentes canales, inundando el espacio arquitectónico industrial. La luz, por su parte, no ilumina el espacio, sino que lo activa, revelando tensiones, ritmos y umbrales perceptivos. 
Más que representar un fenómeno, la instalación construye una experiencia poética donde la energía se vuelve sensible: una continuidad entre el flujo del agua, la vibración del sonido y la modulación de la luz. En este sentido, el espacio no se presenta como contenedor, sino como un organismo vivo que recuerda su historia. Cada resonancia, cada desplazamiento lumínico, reactiva una memoria latente: la del flujo que alguna vez sostuvo la vida productiva del lugar en relación al río que le prestó su energía. 
La obra propone así una reflexión sobre la transmutación de la energía —de lo material a lo sensible, de lo mecánico a lo afectivo— y sobre la persistencia de fuerzas que, aunque transformadas, continúan, como un eco, atravesando el presente.
Esta exposición se realiza en el marco de la Producción de Artes Visuales realizada con el estímulo fiscal del artículo 190 de la LISR (EFIARTES).
*Del purépecha: río que canta.   
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